ABUNDANCIA 2
La
auténtica riqueza de un ser humano es el bien que hace al mundo. Mahoma
Si la
riqueza parece consistir en tener “muchas cosas” como estado de abundancia que
parece prometer la felicidad, habrá que preguntarse qué es lo que hace
realmente feliz al ser humano. Y al querer responder a ello, uno mismo topa con
toda una jerarquía de necesidades en las que, tal vez, la cantidad de
cosas no es tan relevante como la calidad y cualidad de las mismas.
En el
escalón más básico, la riqueza sirve para cubrir la necesidad de alimento que,
como a todo “bebé existencial”, es lo que configura su mundo. Una vez resuelto
esto, se asciende al escalón de las emociones desde el que se considera rico a
un ser que ignora el aislamiento y la carencia afectiva. En un escalón todavía
superior, la riqueza tendrá que ver con el nivel mental de autoestima y la
consiguiente auto-confianza que posibilita un eficaz logro de objetivos y
metas.
Conforme la Humanidad resuelve las
necesidades pertenecientes a los escalones básicos de alimento, afecto,
sentimiento de pertenencia y autoestima, nacen otras más elevadas o meta-necesidades
que conforman el sentido de la vida y la optimización de las capacidades más
insospechadas del alma humana. Si las necesidades de nivel inferior no están
resueltas, las de nivel superior ni tan siquiera asoman en la consciencia. Es por
ello que resulta estéril, por ejemplo, intentar involucrar a un mendigo en el
problema ecológico del Amazonas. Ni lo siente ni le importa.
La necesidad de autorrealización
se define como un impulso hacia el desarrollo de todas aquellas potencialidades
de que disponemos como seres humanos. La capacidad de materializar nuestro
propósito central, de descubrir nuestra misión en la vida y cumplirla, y de
convertir en realidad nuestras utopías más íntimas, suponen un objetivo que
señala la riqueza esencial con mayúsculas. Una riqueza basada en la capacidad
de sosegar la mente y expandir la consciencia.
Si se da un
paso más en la jerarquía de necesidades, sucede que muchas personas, sin
pretenderlo, acceden a la llamada experiencia cumbre. Se trata de una
vivencia en la que el sujeto trasciende el espacio y el tiempo del ego racional
y, durante un episodio de mayor o menor duración, se instala en un estado de
infinitud y totalidad del que se derivan consecuencias extraordinarias. Haber
“viajado” de manera imprevista al plano en el que la contradicción dualista se
trasciende, conlleva la eliminación del miedo a la muerte y, a menudo, el
desarrollo de facultades psíquicas insospechadas. Una vez que se ha
experimentado tal nivel de conciencia, el sujeto vive en la certeza de que eso
es y existe, aunque no se controle la posibilidad de repetir a voluntad
tal experiencia.
El espíritu
de servicio y el desarrollo espiritual provienen asimismo de motivaciones
que brotan del ático de la mente humana. Se trata de niveles que han sido
cartografiados por seres considerables como vanguardia de la supraconciencia.
Seres que han legado un testimonio de amor y lucidez en el que la propia
riqueza es sinónimo de la capacidad tanto de crecer como de ofrecer. Cuando la
vida está orientada hacia el desarrollo interior, capacita a hacer remitir
tanto el sufrimiento propio como el ajeno, convirtiendo a los individuos
conscientes en anónimos maestros y terapeutas. Se trata de hombres y mujeres de
aspecto común cuya riqueza está basada en la capacidad de auto-facilitarse la
apertura de la propia crisálida y la de acompañar a sus próximos
en tal delicado proceso de “ginecología del alma”. Un mundo en el que la
riqueza consiste de experimentar el supremo gozo de ser útil a la
liberación del sufrimiento humano mediante la evolución de la conciencia.

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